Aborrecer el Pecado… ¿Aborrecer al Pecador?
Uno de los pasos más importantes para superar una actitud de falta de perdón es centrar su atención en cuánto Dios lo ha perdonado a usted. La parábola del siervo desagradecido (Mateo 18:21–35) ilustra este principio vívidamente.
Esta parábola ilustra una actitud que es demasiado frecuente entre cristianos. Damos por sentado el perdón de Dios, mientras retenemos obstinadamente nuestro perdón a los demás. De hecho, actuamos como si los pecados de los demás contra nosotros son más serios que nuestros pecados contra Dios. Jesús enseña que esto es algo terriblemente pecaminoso; es una afrenta a Dios y a su santidad, y rebaja el perdón que Jesús obtuvo por nosotros en el Calvario.
Tomado del libro “El Pacificador: Una guía bíblica a resolver conflictos personales” de Ken Sande, Edición Actualizada (Grand Rapids, Baker Books, 2003) p.149
Alimento para la Paz
A lo mejor usted ha escuchado o usado la frase, “Aborrece el pecado, ama al pecador”, aunque es más fácil decirlo que hacerlo. A menudo terminamos aborreciendo el pecado y también al pecador. Es difícil separar a la persona de su ofensa, pero al parecer aquí ocurre algo más que nuestra limitada habilidad de separar el pecado del pecador.
Considere lo que la Biblia señala que antecede a una caída… ¡el orgullo! (Prov. 16:18). Aborrecer no sólo al pecado sino al pecador ayuda a mantener la ilusión de nuestra superioridad frente a la otra persona. “Yo nunca haré eso, diré eso, o pensaré eso”. Y esta ilusión (cualquiera que sea el pecado) rápidamente se incorpora al pecador, dando como resultado: “Yo no soy como él o ella o ellos”.
¿Recuerdan la mujer del comercial en la televisión? “¡Ayuda, me caí y no puedo levantarme!” Poco sabía ella, pero ella nos estaba haciendo una buena paráfrasis de Romanos 3.23 –“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”. Fallando en admitir esto a diario nos mantenemos cruzados de brazos con el perdón y la misericordia –las mismas dádivas que fluyen de las manos de Jesús clavadas en la cruz. Fallando en decir esto imitamos la réplica orgullosa de la versión del comercial: “¡Yo estoy de pie, no me he caído (al menos no como tú), así es que no necesito ayuda!” Y mientras tratamos de convencernos a nosotros mismos de que sólo estamos diciendo eso de nuestros hermanos, en realidad se lo estamos diciendo al Señor. En cambio, debemos de recordar que todos hemos caído, y no nos hemos podido levantar. Sálvanos, o Dios. Perdona nuestros pecados, así como perdonamos a los que han pecado en contra de nosotros. Tuyo es el reino, el poder, y la gloria para siempre. Amén.
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