jueves, agosto 07, 2008

Aborrecer el Pecado… ¿Aborrecer al Pecador?

Uno de los pasos más importantes para superar una actitud de falta de perdón es centrar su atención en cuánto Dios lo ha perdonado a usted. La parábola del siervo desagradecido (Mateo 18:21–35) ilustra este principio vívidamente.
Esta parábola ilustra una actitud que es demasiado frecuente entre cristianos. Damos por sentado el perdón de Dios, mientras retenemos obstinadamente nuestro perdón a los demás. De hecho, actuamos como si los pecados de los demás contra nosotros son más serios que nuestros pecados contra Dios. Jesús enseña que esto es algo terriblemente pecaminoso; es una afrenta a Dios y a su santidad, y rebaja el perdón que Jesús obtuvo por nosotros en el Calvario.

Tomado del libro “El Pacificador: Una guía bíblica a resolver conflictos personales” de Ken Sande, Edición Actualizada (Grand Rapids, Baker Books, 2003) p.149

Alimento para la Paz

A lo mejor usted ha escuchado o usado la frase, “Aborrece el pecado, ama al pecador”, aunque es más fácil decirlo que hacerlo. A menudo terminamos aborreciendo el pecado y también al pecador. Es difícil separar a la persona de su ofensa, pero al parecer aquí ocurre algo más que nuestra limitada habilidad de separar el pecado del pecador.
Considere lo que la Biblia señala que antecede a una caída… ¡el orgullo! (Prov. 16:18). Aborrecer no sólo al pecado sino al pecador ayuda a mantener la ilusión de nuestra superioridad frente a la otra persona. “Yo nunca haré eso, diré eso, o pensaré eso”. Y esta ilusión (cualquiera que sea el pecado) rápidamente se incorpora al pecador, dando como resultado: “Yo no soy como él o ella o ellos”.
¿Recuerdan la mujer del comercial en la televisión? “¡Ayuda, me caí y no puedo levantarme!” Poco sabía ella, pero ella nos estaba haciendo una buena paráfrasis de Romanos 3.23 –“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”. Fallando en admitir esto a diario nos mantenemos cruzados de brazos con el perdón y la misericordia –las mismas dádivas que fluyen de las manos de Jesús clavadas en la cruz. Fallando en decir esto imitamos la réplica orgullosa de la versión del comercial: “¡Yo estoy de pie, no me he caído (al menos no como tú), así es que no necesito ayuda!” Y mientras tratamos de convencernos a nosotros mismos de que sólo estamos diciendo eso de nuestros hermanos, en realidad se lo estamos diciendo al Señor. En cambio, debemos de recordar que todos hemos caído, y no nos hemos podido levantar. Sálvanos, o Dios. Perdona nuestros pecados, así como perdonamos a los que han pecado en contra de nosotros. Tuyo es el reino, el poder, y la gloria para siempre. Amén.

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